¿Globofascismo o Muerte del Logos?:
Un intento por complicar las cosas.
Por: Roldan Tomasz Suárez
“Emancipación Latinoamericana vs. Globofascismo”: así reza
el título de este evento en el que gentilmente me han invitado a participar
sus organizadores. El título es muy sugestivo; nos ubica inmediatamente
en un escenario en el que se desarrolla un dramático conflicto entre
dos personajes: por una parte, los pueblos latinoamericanos, que milagrosamente
siguen encontrando en su interior la fuerza necesaria para continuar luchando
por su libertad y por su futuro; por la otra, un poder tenebroso que, por
su inédita desmesura y por su total carencia de límites y restricciones
de cualquier naturaleza (morales, jurídicas, geográficas, sociales,
económicas, etcétera), sólo puede calificarse como “bestial”.
Sin embargo, “bestial” no es el calificativo con el que ese poder aparece
en el escenario de nuestro evento; aquí el curioso nombre que le ha
sido conferido es “Globofascismo”. ¿Será adecuado llamar así
a ese poder? ¿Encierra, esta expresión, la verdadera esencia
de aquello que intenta nombrar?
El prefijo “Globo-” despierta pocas dudas: nos indica, simplemente, el carácter
omniabarcante y omnipresente del poder en cuestión. Mucho más
problemático, en cambio, es el pretendido carácter fascista
de ese poder. Notemos que al llevar nuestra presente situación latinoamericana
y mundial a esos términos, la estamos asimilando a situaciones políticas,
sociales y económicas que, estrictamente hablando, pertenecen a un
momento histórico y a un lugar geográfico muy específicos
y limitados: las sociedades Europeas de la primera mitad del siglo XX. En
ese sentido, el surgimiento y el desarrollo del fascismo -comoquiera que
se le entienda- se asocia al surgimiento y desarrollo de sus dos rivales
arquetípicos: el comunismo y el liberalismo; y es en el marco del
debate y el conflicto entre esas tres doctrinas donde estaríamos ubicando
nuestra comprensión de los acontecimientos presentes si nos limitamos
a calificar como “globofascista” al tenebroso poder que hoy día se
cierne sobre nosotros. Ahora bien; ¿no estaríamos incurriendo
en un sobre-simplificación de las cosas de esa manera? Permítaseme
ir más lejos aún: ¿no estaremos tratando de aferrarnos
desesperadamente a ciertos conceptos que nos brindan seguridad y confianza
frente el vertiginoso despliegue de una realidad que supera con creces los
límites de lo que hasta hace poco considerábamos como posible?
No se me malentienda. No tengo dudas sobre la posibilidad
de lograr esta asimilación de nuestro momento presente a aquel contexto
particular de hace ya casi un siglo. En otras palabras, creo que, ciertamente,
una buena parte de lo que ocurre hoy en el escenario mundial puede ser interpretado
exitosamente en términos de un despliegue global del fascismo. Basta
con pensar en elementos tales como la pretensión (cada vez menos oculta)
del gobierno norteamericano de construir un imperio planetario que someta
a su voluntad a todas las naciones del mundo; su invocación de doctrinas
que predican el derecho del más fuerte a dominar al más débil
(frecuentemente considerado como racial y culturalmente inferior); o el discurso
de que justifica la realización de ataques y guerras preventivas con
el fin de salvaguardar la “seguridad nacional” de una nación. Todo
ello, sin duda, encaja muy bien con las prácticas y doctrinas de los
gobiernos fascistas del siglo XX. Sin embargo, creo que esta interpretación
pierde de vista aspectos muy particulares de nuestro presente; aspectos que,
además, definen lo propio y específico de ese presente, y que,
por tanto, marcan una diferencia sustancial con el fascismo como formación
histórica.
Pensemos en algo tan sencillo como esto: en aquellos tiempos,
la distinción entre las tres ideologías rivales que estaban
en pugna era perfectamente clara. El liberalismo apelaba a la libertad individual
como el bien supremo; el comunismo apelaba a la justicia social universal;
el fascismo exaltaba la preservación de la nación y el fortalecimiento
de su poderío como valores primordiales. Estas tres posiciones ideológicas
conformaban un espacio conceptual común dentro del cual cada uno de
los actores sociales y políticos definía su propia identidad
frente a los demás. En otras palabras, este espacio conceptual permitía
que hubiese un acuerdo básico entre los principales protagonistas
de la época -por muy enfrentados y enemistados que estuvieran- acerca
de quién era y qué representaba cada uno de ellos. A nadie
se le ocurría pensar -mucho menos decir públicamente- que Hitler,
en el fondo, era un liberal, o que Stalin era fascista, o que Roosevelt era
comunista. De esta manera, aún los más terribles conflictos,
las guerras y las matanzas de aquellos tiempos podían darse dentro
de un espacio común, conformado por una serie de comprensiones compartidas
acerca del sentido general de tales enfrentamientos, la trama que en ellos
se desarrollaba y los bienes que cada bando defendía.
Lo que observamos actualmente, en cambio, visto en términos de esa
triple distinción, luce como un sorprendente y confuso enmarañamiento
ideológico, revelador de un desorden conceptual de grandes dimensiones.
Ya vimos cómo, actualmente, una buena parte de las políticas
domésticas e internacionales del gobierno de los EE.UU. puede ser
interpretada como acorde con una ideología fascista, pese a que el
discurso oficial sigue apelando a valores liberales para justificar tales
políticas. Pero también el enemigo que, hoy día, enfrenta
el gobierno norteamericano, presenta esta misma confusión e indefinición
conceptual. Recordemos que Saddam Hussein, en diversas ocasiones, ha sido
identificado como un nuevo Hitler; aunque, simultáneamente, se le
ha acusado de defender prácticas institucionales y doctrinas de corte
comunista; finalmente, en los últimos tiempos ha sido acusado, además,
de ser un agente del fundamentalismo islámico. En general, el caso
de la guerra contra Irak resulta muy ilustrativo de este fenómeno
de total confusión ideológica. Las posiciones asumidas frente
a dicha guerra por algunos gobiernos europeos considerados de derecha (es
decir, más cercanos al fascismo), han sido contrarias al gobierno
norteamericano y, a la vez, coincidentes con las de diversos movimientos
mundiales de izquierda (más cercanos al comunismo). Este es el caso,
por ejemplo, del actual gobierno de Francia. Pero también se han dado
casos de gobiernos oficialmente pertenecientes a la izquierda, como el de
Inglaterra y Polonia, que han apoyado la política internacional norteamericana,
sumándose, así, a algunos gobiernos de derecha. La confusión
en cuestión podemos observarla incluso en el seno de una organización
como la Internacional Socialista, la cual parece haberse convertido en una
caprichosa colección de movimientos políticos que poco o nada
tienen que ver ideológicamente entre sí (pensemos, por ejemplo,
en lo que puede haber en común entre el Partido Laborista inglés,
el Frente Sandinista de Liberación Nacional y Acción Democrática).
También en el caso de Venezuela podemos descubrir la presencia del
mismo fenómeno. El Presidente Hugo Chávez ha sido acusado de
ser comunista debido a sus vínculos de amistad con Fidel Castro y
debido a algunas de sus políticas en beneficio de los sectores más
excluidos de la sociedad; algunos también lo han acusado de ser fascista,
insistiendo en que su acción de gobierno se asemeja a la de Hitler,
Mussolini o Pinochet. Otros lo atacan por ser un neo-liberal enmascarado,
que esconde, tras un discurso populista, la intención de dejar intacta
la estructura de poder propia de las relaciones económicas del capitalismo.
Y, por si fuera poco, recientemente algunos voceros del gobierno norteamericano
han acusado a Chávez de haberse aliado con el fundamentalismo islámico.
Resulta interesante pensar, desde un punto de vista estrictamente teórico-conceptual,
cómo alguien podría sostener, de manera auténtica, todas
estas posiciones ideológicas a la vez.
Ahora bien; cuando contemplamos este desorden conceptual a gran escala que
parece dominar el escenario mundial contemporáneo, esta aparente ausencia
de un acuerdo básico que permita construir un conjunto de comprensiones
comunes acerca de lo que nos está ocurriendo en la actualidad, lo
que viene a la mente no es, solamente, que la expresión “Globofascismo”
resulta insuficiente para capturar este extraño fenómeno de
nuestros tiempos. Vienen a la mente, también, una serie de observaciones
adicionales que parecen enriquecer y complicar aún más nuestra
observación inicial.
La primera de estas observaciones se refiere a que la multitud de acusaciones
contradictorias que hoy día se lanzan entre sí los diferentes
actores del acontecer político mundial, y la multitud de ideales contradictorios
que cada uno de ellos defiende o dice defender, hacen pensar que, en el fondo,
ninguno de ellos está auténticamente comprometido con los valores
expresados sistemática y coherentemente en una doctrina o ideología,
ni tampoco está auténticamente interesado en combatir alguna
otra doctrina o ideología particular que defienda un conjunto de valores
alternativo. La impresión que recibimos es que los discursos que la
política contemporánea nos ofrece en torno a valores -ya sea
para defender algunos de ellos o atacar otros- no son más que una
apariencia engañosa con la que se intenta ocultar las verdaderas intenciones
e intereses que motorizan los conflictos y las alianzas internacionales.
Sospechamos que esos intereses ocultos, esas intenciones inconfesables, son,
en última instancia, de carácter económico, y que toda
referencia ideológica no sirve más que para descalificar al
adversario político ante los ojos del grueso público y justificar
las acciones que eventualmente puedan tomarse en su contra. En otras palabras,
toda referencia a valores, normas y principios, hoy parece no ser más
que un palabrerío hueco y falaz con el que se nos pretende manipular
y poner al servicio de los oscuros intereses que se esconden tras tal palabrerío.
Esta apreciación, claro está, se ve reforzada, en muchos casos,
por pruebas concretas de que la política contemporánea, efectivamente,
se desenvuelve en tales términos. Resulta difícil, por ejemplo,
no ver como un acto de hipocresía la pretensión del gobierno
norteamericano de justificar su agresión a Irak alegando la necesidad
de liberar al pueblo iraquí de un régimen brutal y despótico,
que frena las posibilidades de desarrollo social e individual en dicho país.
Obviamente, si la preocupación por la libertad y el desarrollo de
los pueblos fuese el verdadero móvil detrás de las acciones
del gobierno norteamericano, no habría explicación alguna para
el sinnúmero de ocasiones en las que dicho gobierno apoyó golpes
de Estado contra gobiernos democráticamente electos, propiciando,
así, la instalación de brutales dictaduras en diversos países
de Latinoamérica y el mundo. Tampoco encontraríamos explicación
a las políticas económicas y comerciales que el mencionado
gobierno apoya y promueve a nivel internacional; políticas que sistemáticamente
sofocan cualquier posibilidad desarrollo endógeno en los países
del Tercer Mundo.
Pero esta primera observación inmediatamente nos lleva a una segunda.
Si la defensa de (o el ataque a) determinadas posiciones ideologías
ha perdido gran parte de su antigua autenticidad, y hoy día sólo
tiene por misión engañar y manipular a la opinión pública
para poner a ésta última al servicio de los intereses de una
reducida elite económica internacional, ello sólo puede ocurrir
gracias a la confabulación de dos elementos que aún no hemos
mencionado: por una parte, unos medios de comunicación de alcance
masivo, global, obviamente asociados a aquella elite y que logran influir
en las opiniones de miles de millones de seres humanos en todo el planeta;
por la otra, un grave y generalizado empobrecimiento global del pensamiento,
responsable de una creciente susceptibilidad de ese público global
a los variados mecanismos de manipulación utilizados por los mencionados
medios. Si las constantes contradicciones lógicas e ideológicas
en las que incurren los principales centros de poder mundial, en sus intentos
por justificar y dar respetabilidad a sus acciones, pueden pasar desapercibidas
con tanta facilidad entre un numero tan grande de espectadores a nivel mundial,
esto sólo nos puede indicar que hay una profunda incapacidad, por
parte de dichos espectadores, para sopesar de manera seria y rigurosa los
argumentos que se les presentan para aprobar o desaprobar determinadas políticas.
Quienes no le ven problema alguno al discurso que acusa a una determinada
figura pública de ser, simultáneamente, comunista y fundamentalista
islámico, sencillamente no puede tener la más mínima
noción de qué significa ninguno de estos dos términos.
Para que un discurso como éste pueda hallar aceptación, es
necesario que ese tipo de nociones políticas pierdan todo su contenido
conceptual original -propiamente político- y se conviertan en cáscaras
vacías, palabras plásticas y sonoras que vagamente sugieren
algo malo, antipático e indeseable. Eso malo, antipático e
indeseable -o, por el contrario, lo bueno, simpático y deseable- se
condensa en la forma de una serie de estereotipos mediáticos capaces
de despertar una profunda emotividad en el grueso público; emotividad
que no sólo ciega momentáneamente al raciocinio, sino que se
instaura como patrón supremo de toda elección moral o política,
y, por tanto, no admite discusión alguna sobre su propia legitimidad.
De aquí que la forma dominante de los debates políticos esté
cada vez más alejada de una discusión genuinamente política
-en la que el foco de atención son distintas concepciones rivales
del bien común- y tienda a reducirse a una simple expresión
de sentimientos de simpatía o antipatía hacia determinadas
figuras públicas. En ese sentido, lo que hoy sustenta la aprobación
o desaprobación del público hacia los políticos es muy
similar a lo que sustenta su aprobación o desaprobación hacia
las estrellas de la música pop o las celebridades de Hollywood. En
ambos casos todo lo deciden los gustos individuales de cada quien, sin necesidad
de que medie mayor argumentación al respecto -pues, como es bien sabido,
de gustibus non est disputandum. Los gustos, a su vez, varían de acuerdo
con las modas, las cuales usualmente se refieren a una serie de apariencias
(formas de vestir, hablar, moverse, peinarse, etcétera), que se presentan
como atractivas a través de los medios de comunicación globalizados.
No es de extrañar, entonces, que recientemente una superestrella de
Hollywood haya ocupado el puesto de gobernador del Estado California: la
política y la farándula se han vuelto intercambiables -en ambas
lo decisivo es aparentar. Tampoco debemos extrañarnos del éxito
y la resonancia que el calificativo “terrorista” ha adquirido, recientemente,
en el plano internacional. Este calificativo permite desdibujar todas las
diferencias ideológicas que pudiese haber entre las distintas fuerzas
y movimientos que hoy enfrentan al poder mundial dominante. Tal homogeneización
no sólo oculta la diversidad de sus motivaciones, sino que los hace
ver como movidos por una única fuerza fundamental: una sed irracional
de violencia; con respecto a la cual las justificaciones ideológicas
son sólo un pretexto o una excusa. Esto, claro está, reafirma
el carácter accesorio de la discusión ideológica y encaja
muy bien dentro del estereotipo simplista de villano que tan cuidadosa y
sistemáticamente ha sido cultivado a través de medios norteamericanos.
En cuanto al caso particular de Venezuela, vemos cómo el rechazo hacia
la figura de Hugo Chávez descansa, en buena medida, sobre aspectos
completamente insignificantes desde una perspectiva política genuina,
pero que sistemáticamente se nos ofrecen como los principales temas
a ser debatidos. Uno de estos temas recurrentes es el de la personalidad
del Presidente, que repetitivamente es calificada como “autoritaria”, llegando
a veces a sugerirse que dicha personalidad revela una sed desmesurada de
poder, quizás indicadora de alguna especie de psicopatología,
o, incluso, de enajenación mental avanzada. Este discurso claramente
apunta hacia el estereotipo mediático del dictador loco y malvado
que aspira a “conquistar al mundo” y ponerlo bajo su poder. Pero a Chávez
también es presentado bajo otra figura mediática, que es la
del hombre rústico e ignorante que llega a ocupar importantes puestos
de poder, pero no sabe cómo ejercer tal cargo con decoro, por lo que
termina comportándose como el proverbial “mono con navaja”. En general,
la concentración de toda la discusión en lo simpático
o antipático de la persona del Presidente, y no en el examen concienzudo
de sus ideas políticas, es revelador del grave estado de des-politización
que sufrimos como sociedad. Esta desaparición del ámbito de
la discusión propiamente política es la tercera observación
que podemos hacer en el curso de nuestra reflexión.
Una cuarta observación se refiere a lo siguiente: Si la gran indefensión
intelectual que domina hoy a los espectadores de los medios globalizados
estuviese confinada tan solo a los habitantes del Tercer Mundo -en su mayoría
carentes de una educación adecuada que les permita desarrollarse como
ciudadanos críticos, capaces de reflexionar seriamente sobre la realidad
que los rodea- este fenómeno quizás no resultaría tan
sorprendente. Pero resulta evidente que dicho fenómeno también
se presenta en los países desarrollados, y con especial fuerza, además,
en aquel país que usualmente es considerado como el más desarrollado
de todos: los Estados Unidos de Norteamérica. Es ahí donde
la política parece haberse vuelto más cercana a la farándula,
donde el poder económico más influjo mediático ha adquirido
sobre la opinión pública, y donde el debate político
más ha sido sometido a diversas formas de trivialización propias
de las técnicas publicitarias. Y si esto es así, entonces estamos
en presencia de un estruendoso fracaso de los procesos educativos orquestados
por estas sociedades que se consideran a sí mismas como “avanzadas”,
“desarrolladas” o “modernas”. Y este fracaso no se refiere a algún
aspecto secundario o accesorio con respecto a los fines y valores que formalmente
animan a tales sociedades en su afán de progreso o de modernización.
Por el contrario, se refiere a aquello que constituye el corazón mismo
de la idea de progreso -al menos tal como ésta aparece en la filosofía
política moderna, en las Constituciones de las repúblicas democráticas
modernas, y en gran parte del discurso oficial de los gobiernos de los países
desarrollados. En todos estos ámbitos, el eje central de la idea de
progreso lo constituye el pleno desarrollo del potencial humano en todos
y cada uno de los individuos que conforman la sociedad. Y ese “pleno desarrollo
del potencial humano” significa, fundamentalmente, el desarrollo de lo que
es más distintivamente humano en el Hombre: sus poderes creativos,
fundados en su capacidad de raciocinio. En ese sentido, una de las más
caras aspiraciones de la modernidad fue, desde sus mismos orígenes,
la formación de auténticos ciudadanos, es decir, personas que
fuesen capaces de contribuir al debate racional sobre los problemas de la
sociedad, los bienes que deberíamos perseguir como colectivo, y las
formas de organización social apropiadas para alcanzar tales bienes.
Si medimos con esta vara -la del desarrollo intelectual y espiritual de los
individuos- el nivel de progreso que actualmente exhiben las sociedades consideradas
como las más avanzadas, las observaciones que aquí hemos venido
haciendo arrojan un resultado demoledor. En pocas palabras, el pensamiento
de vastos sectores de la población -incluyendo a aquellos que, supuestamente,
reciben la mejor educación disponible- revela una asombrosa atrofia
en su vitalidad, su poder de penetración y su capacidad crítica.
Baste con comparar al típico joven estudiante universitario de los
años 60 del siglo XX, arrastrado intelectual y emocionalmente por
diversos proyectos de cambio social profundo, con el estudiante universitario
promedio de principios del siglo XXI. Difícilmente veremos allí
signos alentadores de algún progreso espiritual.
Ahora bien; la observación anterior nos revela ya la magnitud del
fenómeno social que estamos enfrentando en el presente, y nos muestra
hasta qué punto dicho fenómeno desborda los límites
de la expresión “Globofascismo”. Puesto de otro modo: el fascismo
es, indudablemente, un episodio dentro de la historia de la Modernidad; en
cambio, lo que hoy estamos presenciando es el evento del fin o fracaso de
esa historia en su totalidad. El empobrecimiento intelectual que hoy vemos
extenderse en todos los rincones del mundo occidental -y que, como hemos
visto, constituye un piso fértil para la imposición de un poder
bestial, ajeno a toda racionalidad jurídica, moral o ideológica-
nos indica que el rumbo que está tomando actualmente la civilización
occidental está cada vez más alejado de aquellos nobles ideales
de avance espiritual que animaron, alguna vez, la noción de progreso.
Esos ideales, en pocas palabras, parecen estar olvidados. Pero, si miramos
el asunto con mayor atención aún, descubrimos que no sólo
los ideales de la Modernidad están en proceso de extinción.
Si es cierto que asistimos hoy a un empobrecimiento general del pensamiento,
que obstaculiza la posibilidad de debatir racionalmente en torno a fines
y valores, entonces resulta inevitable que esos fines y valores encuentren
cada vez menos sustento racional para su vigencia. Ello hace que la fuerza,
el vigor, la eficacia, en fin, la autoridad de cualquier ideal, esté
en declive. A falta de piso racional, lo único que puede darle vigencia
a un cierto ideal es la opción personal que alguien desee hacer por
él, sobre la base de sus preferencias individuales. En ese caso, el
ideal sólo tendrá vigencia para esa persona en particular y
sólo mientras ella desee mantenerlo como tal. Pero, ¿qué
poder puede ejercer sobre mi una norma que no tiene sino la autoridad que
le otorgan mis caprichos?
Lo que acabamos de exponer nos conduce a una quinta observación: la
civilización occidental está atravesando por un extraño
momento histórico en el que no sólo están perdiendo
poder real sobre ella los fines y valores propios de la última forma
cultural que la dominó (la Modernidad) -fenómeno que resulta
normal en toda situación de profunda transformación cultural
de una civilización-, sino que dichos fines y valores no logran ser
sustituidos por unos nuevos, ya que están desapareciendo las condiciones
mínimas necesarias para la implantación de cualquier conjunto
de normas o ideales que pueda tener un carácter trascendente con respecto
a las preferencias individuales. En consecuencia, estamos a las puertas de
una inédita forma cultural, totalmente desprovista de fines y valores
que sean percibidos como igualmente obligantes por (y para) todos los individuos
que la conforman. Y cuando decimos “inédita”, nos referimos a que
ni en la historia de la civilización Occidental, ni en la historia
de otros pueblos que han poblado el planeta, podemos conseguir un caso similar
a lo que hoy nos está sucediendo. Todo pueblo y toda cultura normales
se caracterizan por poseer un conjunto de creencias compartidas acerca de
lo que está bien y lo que está mal, de los fines que deben
y los que no deben perseguirse individual y colectivamente, de cuáles
respuestas son las justas y cuáles las injustas ante determinadas
situaciones, en fin, tienen una concepción acerca de la forma que
deben adoptar las acciones humanas para poder tejer una vida con pleno sentido.
Este acuerdo, además, no aparece, en el seno de esas culturas, como
fruto de la imposición arbitraria de unas preferencias personales
sobre otras, ni tampoco como un “contrato social” nacido al calor de la negociación
entre intereses individuales. Por el contrario, dicho acuerdo, usualmente,
encuentra una justificación racional en el marco de la cultura que
lo alimenta, y que es alimentada por él. Claro está, se trata
de una “justificación racional” que no necesariamente se da en términos
de la racionalidad occidental -ni mucho menos en términos de la racionalidad
científica moderna, que sólo constituye una forma muy particular
y restringida de la primera. Se trata de una racionalidad propia y característica
de su cultura; una racionalidad acorde con el lenguaje, el pensamiento
y la realidad en el que esa cultura habita. En todo caso, los bienes vigentes
en ese tipo de culturas sostienen su autoridad sobre un piso de legitimidad
que puede ser desplegado discursivamente -frecuentemente por medio de narraciones,
cuentos, cantos, poemas, etcétera. Tal piso constituye el fundamento
de sentido necesario para que los pueblos en cuestión puedan con-vivir
en armonía, es decir, puedan hacer compatibles y complementarias las
acciones individuales de manera que sea preservado el bien común.
La pregunta es, entonces, ¿cuánto tiempo puede sostenerse nuestra
civilización sin ese piso común de sentido? ¿Cuánto
tiempo podremos con-vivir en una situación en la que el sentido de
nuestras conductas individuales se vuelve cada vez más disperso, voluble,
impredecible, caótico, con los consiguientes choques y conflictos
que esto trae consigo en el seno de la sociedad? ¿Cómo preservar
un mínimo de orden social en un mundo en el que los individuos sólo
siguen sus propias elecciones y preferencias, la mayor parte de las veces
incompatibles entre sí? En pocas palabras, ¿cómo preservar
el bien común cuando nadie está comprometido con el bien común?
Ahora bien; aquí no termina, aún, nuestra exposición
de la magnitud del problema que estamos enfrentando en la actualidad. Hasta
ahora, las observaciones que hemos venido haciendo apuntan hacia un problema
de carácter “social” o “cultural”, un problema que presuntamente estaría
vinculado con una cierta “mentalidad” nuestra, quizás con una cierta
actitud o disposición psicológica inadecuada ante la realidad
que nos rodea. Se trataría, en todo caso, de un problema que se presenta
en el interior de nuestras cabezas, y que, por tanto, sólo requeriría
corregir alguna falla o desperfecto en nuestros procesos mentales. Quizás
nos haría falta una psicoterapia colectiva para despertar el potencial
crítico de nuestro pensamiento; o un diálogo abierto, sincero
y participativo que nos permitiese “consensuar” un conjunto de valores; o
una educación que nos brindase mayor información sobre temas
de “cultura general”, de manera que nos hagamos más “cultos”; o quizás
nos haría falta estudiar masivamente obras de filosofía y politología.
Todas estas ideas suenan muy bien mientras no profundicemos en la comprensión
de las causas y consecuencias de la problemática que aquí hemos
venido describiendo. Veamos por qué.
Cuando hablamos de problemas “sociales” y “culturales”, y entendemos éstos
como algo que sólo atañe al interior de nuestras cabezas, estamos
operando bajo una cierta concepción ontológica particular,
según la cual una cosa son los fenómenos mentales, vinculados
a nuestras percepciones y comprensiones subjetivas de la realidad, y otra,
muy diferente, el mundo exterior a nuestras mentes, esa realidad material
y objetiva que consideramos independiente de nuestro modo de percibirlo y
valorarlo. De acuerdo con esta concepción, los fenómenos mentales
no pueden afectar de manera directa a los fenómenos materiales, pues
éstos tienen una existencia propia, una existencia en sí. Bajo
esta idea, los fines y valores de una cultura no pueden influir en lo que
son las cosas que forman parte de la realidad física; tales cosas
siempre son lo mismo: son objetos materiales auto-subsistentes, sometidos
únicamente a las leyes objetivas de la Física, y nunca a nuestra
subjetividad. En otras palabras, ningún problema o transformación
a nivel de los “valores” puede tener incidencia directa en el nivel de los
“hechos”. Incluso llegamos a creer que si la Humanidad entera llegase a desaparecer,
el universo físico continuaría estando ahí, completamente
inmutable e indiferente ante nuestra extinción. Por eso estamos tentados
a pensar y decir que, “el mundo no se va a caer” a causa de nuestros problemas
culturales, por muy graves que éstos sean. Esto, obviamente, constituye
una forma de disminuir la gravedad de los problemas que enfrentamos como
sociedad.
Ahora bien, notemos que la concepción ontológica que acabamos
de bosquejar entra en contradicción con algunas observaciones que
hicimos en la primera etapa de la presente reflexión. Nuestra primera
descripción del peligro global que se cernía sobre nosotros
en la actualidad apuntaba hacia la desaparición de un espacio conceptual
común, sobre cuya base todos y cada uno de los actores sociales pudiesen
definir claramente su identidad frente a los demás. Decíamos,
también, que ese mismo espacio conceptual común permitía
que hubiese unas comprensiones compartidas mínimas en torno a la naturaleza
de los conflictos que se desarrollaban entre los distintos actores situados
en dicho espacio. Debido a esto, todas las partes involucradas en el conflicto
podían estar de acuerdo en qué era lo que estaba ocurriendo
en ese mismo conflicto, cuáles bienes estaban en juego y quiénes
los defendían. Al respecto vale la pena detenernos brevemente en un
ejemplo muy elocuente. Cuando en 1973 ocurrió el golpe de Estado en
Chile, pese a la magnitud y violencia de ese conflicto, todos los actores
sociales involucrados estaban de acuerdo y tenían muy claro que lo
que allí había sucedido era, precisamente, un golpe de Estado.
Comparemos esta situación con lo ocurrido en Abril de 2002 en Venezuela,
y el profundo desacuerdo que hasta hoy persiste acerca de la naturaleza de
esos sucesos. Pensemos, además, en las enormes diferencias que trae
consigo el ver aquellos sucesos como un golpe de Estado, o como un “vacío
de poder”. En ninguno de los dos casos se trata de un juicio puntual e intrascendente,
referente única y exclusivamente al momento y lugar específicos
en los que ocurrieron dichos acontecimientos. Resulta evidente que ver estos
sucesos de una u otra manera está estrechamente correlacionado con
percibir la totalidad de la situación política y social venezolana
de una u otra manera. Al punto que no resulta exagerado decir que los dos
bandos enfrentados hoy día en Venezuela en torno a éstos y
otros acontecimientos viven dos realidades completamente diferentes. En Chile,
en cambio, todos vivieron una misma, aunque terrible, realidad: la del golpe
de Estado, las persecuciones, las torturas, las desapariciones. Las divergencias
se daban sólo en términos de la postura ideológica que
cada quien asumía frente a tales eventos.
Lo anterior nos permite intuir que existe un vínculo estrecho entre
la presencia de un espacio conceptual común -es decir, compartido
por todos los actores sociales-, y la presencia de una misma realidad básica
en la que todos ellos puedan encontrarse. Del mismo modo, la ausencia de
ese espacio conceptual común parece estar asociada al hecho de que
cada actor social viva una realidad propia, incompatible con las de los demás.
Por tanto, ese espacio conceptual común debe ser pensado no, simplemente,
como algo que sólo ocurre dentro de nuestras cabezas, y que nada tiene
que ver con la realidad objetiva externa a nosotros, sino, por el contrario,
debemos considerarlo como el fundamento ontológico de la realidad
en la que vivimos, el piso básico de nuestro “mundo de vida”. Sólo
bajo esa condición resulta plenamente inteligible la idea de que dicho
espacio conceptual permite definir nuestra identidad como actores sociales,
así como también la naturaleza de los conflictos que se dan
en su seno. La “identidad” o la “naturaleza” de algo es aquello que ese algo
es; ambas palabras se refieren al ser de una determinada cosa. Se trata,
por tanto, de un espacio conceptual capaz de definir el ser de cada cosa
que ocurre dentro de ese espacio, el sentido que ella tiene dentro de él.
Y esto, como bien nos lo enseña toda la tradición occidental
de pensamiento filosófico, es un poder reservado exclusivamente a
aquello que sirve de fundamento ontológico de la existencia.
De manera que la desaparición de ese espacio conceptual compartido
no trae como única consecuencia el que ya no seamos capaces de definir
nuestras vidas en torno a ciertos fines y valores, sino que atenta contra
la posibilidad misma de que el mundo en el que vivimos pueda tener algún
sentido trascendente para nosotros. Al superar la ingenuidad del dualismo
ontológico sujeto-objeto, pronto descubrimos que cuando el dominio
de los ideales deja de ejercer pre-dominio en la vida humana, tiene que desdibujarse
el ser distintivo de todo aquello que enfrentamos a nuestro paso por la vida:
Los golpes de Estado pueden dejar de ser golpes de Estado y convertirse en
“vacíos de poder”; las dictaduras pueden dejar de ser dictaduras y
aparecer como las formas más sublimes de la democracia; el desacato
a la ley puede llegar a ser un derecho político; los llamados a alzamientos
militares pueden llegar a ser un simple ejercicio de la libertad de expresión;
los bombardeos de poblaciones civiles pueden llegar a ser un forma de salvar
a sus habitantes. Yendo aún más allá, la enajenación
(o privatización) de los bienes públicos puede convertirse
en la forma más excelsa de cuidar el bien público; la realidad
vista en la pantalla de mi televisión puede ser más real que
la que veo a través de mi ventana; mi esposa, mis hijos, mis familiares
y amigos pueden dejar de serlo para convertirse en mis rivales y competidores
en el mercado. Pero, en última instancia, todo es lo que mejor le
parece a cada quien; por lo que nada es nada de manera sólida, firme,
duradera, permanente. La realidad se convierte en una especie de desierto
en el que las formas y figuras que distinguimos un día son borradas
durante la noche por el capricho de los vientos, para presentarnos al día
siguiente formas y figuras nuevas, totalmente desconectadas de las que ayer
ocupaban su lugar.
Nuestra realidad, pues, se desertifica aceleradamente, en el sentido que
acabamos de exponer. En otras palabras, el mundo, literalmente, sí
“se está cayendo” a causa del enorme empobrecimiento cultural que
nos afecta en el presente. Lo que nos ocurre, nos ocurre cada vez con menos
sentido global, y se parece cada vez más a la estática que
vemos en la pantalla de un televisor cuando no está sintonizado ningún
canal. El ocurrir tiende a hacerse puro ruido, alteración, indistinción,
sin-sentido. Pero, ¿cuál es la razón de todo este fenómeno,
cuya gravedad apenas ahora estamos en capacidad de apreciar? Decíamos
antes que la desaparición de ese espacio conceptual común,
que hasta hace poco le permitía a nuestra cultura darle un sentido,
identidad o ser básico y trascendente a todo lo que ocurría
en su seno, se debía a un empobrecimiento general de nuestro pensamiento;
empobrecimiento que caracterizamos como una disminución de nuestra
capacidad para reflexionar críticamente acerca de la realidad y los
discursos que se ofrecen a nuestro entendimiento. Ahora podemos ver, sin
embargo, que dicho empobrecimiento no puede reducirse, simplemente, a un
problema psicológico. Por mucho que lo parezca, no se trata de un
fenómeno de estupidez colectiva o de falta de inteligencia; no se
trata de que nuestras mentes hayan sufrido un proceso degenerativo de imbecilización
que nos ha vuelto tarados mentales. No, la psicología no puede ayudarnos
a entender la naturaleza de este proceso porque ella, en plena concordancia
con el dualismo sujeto-objeto que la funda, reduciría a priori nuestro
problema cultural a una simple sumatoria de problemas mentales individuales.
Pero hemos visto ya que nuestro problema cultural trasciende al individuo
-o a cualquier conjunto de ellos-, y cae en el terreno del espacio ontológico
que funda (y por tanto es previo) tanto a los individuos como a la realidad
en la que ellos viven. De modo que las causas del empobrecimiento de nuestro
pensamiento debemos buscarlas en la desaparición de ese espacio conceptual
común (ese dominio propio de los ideales) que alguna vez sirvió
de piso ontológico a nuestro mundo. En otras palabras, debemos suponer
que ha sido la desaparición de ese piso ontológico lo que ha
hecho que nuestro pensamiento se haya vuelto no-crítico.
Para poder pensar esto último hace falta que examinemos brevemente
qué significa la palabra “crítica” y en qué consiste
la actividad de pensar “críticamente”. De acuerdo con la tradición
filosófica moderna, “crítica” significa la actividad de poner
al descubierto las condiciones de posibilidad de una determinada cosa. Esto
quiere decir que cuando criticamos, por ejemplo, una cierta posición
política, nuestra tarea consiste en examinar cuáles son los
supuestos sobre los que dicha posición política se sostiene
-supuestos que, antes de la crítica, permanecen ocultos e invisibles,
y funcionan, por tanto, como dogmas incuestionados. La crítica, entonces,
nos permite evaluar la validez de tales supuestos, y, en consecuencia, también
la validez de la posición política que se sostiene sobre ellos.
Claro está, la evaluación que hagamos de la validez de esos
supuestos probablemente también se sostendrá sobre sus propios
supuestos invisibles, lo cual nos obligará -si nuestra intención
crítica es lo suficientemente perseverante-, a seguir destapando supuestos
ubicados en capas cada vez más básicas, generales e invisibles
de nuestro pensamiento. Nótese que la crítica está guiada
por un afán de legitimidad, en el sentido de que le preocupa la validez
de un determinado conjunto de acciones o proposiciones. Y nótese también
que la preocupación por dicha validez proyecta a la crítica
hacia la búsqueda del conjunto de supuestos más básicos
y generales del pensamiento, de principios primeros que puedan servir como
criterio último de legitimidad. En otras palabras, la crítica,
gracias al empuje que le es propio, tiende a destapar el orden global que
rige al pensamiento; orden que le brinda sentido (o no) a todo lo que se
nos ofrece en la experiencia para ser evaluado, apreciado, sopesado, etcétera.
Pero esto significa, también, que la crítica sólo puede
tener sentido bajo el supuesto de que existe un tal orden global de sentido
capaz de brindar o restar legitimidad a todo lo que pensamos, decimos y hacemos.
Si, como ocurre hoy día, no presuponemos, de antemano, la existencia
de tal orden global de sentido, tampoco podemos estar poseídos por
un afán de legitimidad. Y si carecemos de un afán de legitimidad
que pueda impulsar la empresa crítica, entonces el pensamiento crítico,
sencillamente, no puede tener lugar, no puede tener sentido, en nuestro ámbito
cultural.
Vemos, entonces, que el empobrecimiento del pensamiento que sufrimos en la
actualidad no se refiere tanto a las capacidades intelectuales que podamos
tener como individuos, sino a lo que está en la raíz más
profunda de nuestro pensamiento, esos supuestos más básicos
y primarios sobre los que operamos a diario, sin darnos cuenta de ello. Lo
que está empobrecido es, ciertamente, el pensamiento, pero entendiendo
por “pensamiento” lo que la filosofía griega llamó logos: aquel
espacio trascendente de objetos ideales que le brindan su ser y su sentido
a todo lo que aparece en la experiencia. Sin ánimo de adentrarnos
demasiado en detalles, nos limitaremos a indicar que el logos, como fundamento
ontológico, fue el tema dominante y persistente del pensamiento occidental
a lo largo de más de 20 siglos de historia. El mundo platónico
de las Ideas, el mundo de las formas aristotélicas, los arquetipos
contenidos en la mente de Dios, los conceptos y principios a priori kantianos,
el espíritu absoluto de Hegel, pueden considerarse todos como variaciones
sobre un mismo tema fundamental: la existencia de un mundo trascendente a
lo físico, un mundo meta-físico, conceptual, del cual depende
la existencia de lo físico o material. Al punto de que algunos filósofos
han llamado “metafísica” a todo este espacio histórico en el
que culturalmente nos dominó la convicción de que hay un logos,
es decir, hay un orden global de sentido. Por supuesto, esa convicción
se ha desvanecido por completo en nuestros tiempos. La concepción
ontológica dualista moderna -que clasifica a toda idea y todo concepto
como un simple fenómeno mental, de carácter subjetivo- elimina
por completo la posibilidad de que exista un espacio conceptual que trascienda
a las mentes individuales y que funde ontológicamente a la realidad
tangible. Nuestra época, en ese sentido, es la época de la
muerte del logos -y también de la muerte del afán de legitimidad,
del pensamiento crítico, de la preocupación por el bien público,
de la discusión política auténtica, etcétera.
La concepción ontológica dualista se ha instalado profundamente
en el corazón de nuestra cultura, enquistándose en nuestras
prácticas sociales más importantes: baste con notar que toda
actividad científica, tecnológica y organizativa de nuestra
sociedad está basada, actualmente, en el dualismo ontológico
moderno. Desde allí este dualismo irradia su poder empobrecedor hacia
la totalidad del cuerpo social.
Pero no cometamos el error de pensar que para salir de la situación
que aquí hemos descrito bastaría con que tomásemos la
decisión de rechazar la concepción ontológica dualista
y sustituirla por una diferente, ya sea inventada por nosotros mismos, o
desempolvada de los antiguos libros de filosofía. El dominio del dualismo
ontológico está tan arraigado en nuestra cultura que no podemos
oponernos a él mediante un simple acto de voluntad. Más bien,
al contrario: nuestra voluntad y nuestro pensamiento parten de la base que
les ofrece dicha concepción para desplegar toda su actividad. Cuando
pensamos y hablamos en nuestra cotidianidad, pensamos y hablamos a partir
de nociones y convicciones que se asentaron en nosotros gracias al proceso
de educación y socialización por el que pasamos en nuestro
ámbito cultural. Nuestra sociedad nos legó un lenguaje por
medio del cual el mundo se nos puede manifestar y por medio del cual nuestro
pensamiento puede pensar. Ese lenguaje, en nuestro caso, está dominado
por una concepción dualista de la realidad. Desde que entramos en
la escuela primaria nos vemos forzados a aprender los lenguajes técnicos
de distintas disciplinas científicas -matemática, biología,
física, química, geografía, etc.- y a pensar dentro
del universo conceptual que ellos ofrecen; universo que, como ya dijimos,
presupone dogmáticamente la concepción dualista. Más
tarde nos preparamos para desempeñar distintos oficios y profesiones,
y aprendemos, entonces, nuevos juegos lingüísticos, usualmente
derivados del lenguaje científico moderno y, por ende, igualmente
empobrecidos. Cuando aprendemos bien tales oficios, aprendemos a hablar,
pensar y actuar de un modo que nos permite manipular instrumentalmente algún
aspecto de la realidad. Pero nada de lo que hemos aprendido de ese modo,
ninguna región de nuestro lenguaje, nos permite referirnos, en acción
o pensamiento, a aquello que trasciende a cualquier aspecto particular de
la realidad. En otras palabras, nuestra cultura actual no es capaz de proporcionarnos
un lenguaje que sea capaz de hablar del Todo, del orden global de sentido.
Por el contrario, los juegos lingüísticos que dominan nuestra
vida diaria son tales que de antemano niegan la existencia de una totalidad
trascendente y, por tanto, prohíben todo intento de comprenderla.
Por eso, en nuestros tiempos, todo discurso en torno a estos asuntos tiene
que sonar como palabrerío hueco, apreciaciones subjetivas, posiciones
que sólo reflejan alguna preferencia individual, pero que de ninguna
manera pueden llegar a tener un sustento serio, racional y científico.
Así, pues, el dualismo ontológico, con todas sus consecuencias,
nos tiene atrapados desde la misma estructura del lenguaje que hablamos -estructura
que, a todas luces, no es modificable a voluntad.
Dejemos hasta aquí el despliegue de la grave problemática cultural
que nos afecta en el presente. Espero haber mostrado que la gravedad de nuestra
condición actual supera con creces lo que podemos apreciar cuando
contemplamos superficialmente los acontecimientos políticos internacionales.
Esos eventos políticos, evidentemente, no son la enfermedad en sí,
sino sólo una manifestación de esa enfermedad, para la que
no parece vislumbrarse ninguna cura inmediata. Pero, ¿cuál
es, entonces, el significado de tales eventos en el contexto de las ideas
que aquí hemos expuesto? Recorramos sólo brevemente algunas
primeras observaciones al respecto.
En primer lugar hay que decir que lo que describe el término “globofascismo”
a lo sumo constituye una manifestación superficial de un proceso mucho
más profundo, sutil e invisible por el cual estamos atravesando. La
actuación bélica del gobierno norteamericano no obedece a principios,
valores ni ideologías, no puede tener legitimidad moral alguna, esencialmente
porque nuestra época carece de todo piso capaz de brindar legitimidad
a tales elementos. Tampoco puede tener legitimidad moral alguna la reacción
y el rechazo a esa actuación bélica, y ello exactamente por
los mismos motivos. Todos los discursos moralizantes que se tejen en torno
a la agresión contra Irak y contra Afganistán, no pueden ser
más que expresiones de opciones y/o intereses personales de aquellos
que los articulan y defienden. Por tanto, viendo el asunto en el plano estrictamente
político, lo que hoy vemos desarrollarse no es una lucha del bien
contra el mal, de la libertad contra la opresión, de Dios contra el
demonio, sino un conflicto de intereses a gran escala; sobre todo intereses
económicos de las grandes potencias mundiales, afanadas por controlar
los recursos energéticos del planeta. Pero, examinando la situación
más a fondo, descubrimos que el proceso subterráneo que estamos
viviendo no es otro que el de la expansión global y definitiva del
dominio de la cultura occidental sobre el mundo. Lo que los soldados norteamericanos
llevan por la fuerza a Bagdad y Kabul son free market and democracy, o, mejor
dicho, lo que quedó de ambas nociones una vez que fueron vaciadas
de todo contenido ideológico y convertidas en slogans al servicio
del poder imperante. Un libre mercado plagado de enormes desigualdades y
una democracia carente de toda discusión política, son el gran
presente que nuestra cultura le está llevando a aquellos países
por intermedio del gobierno norteamericano. Con ello nuestro pensamiento
y nuestra realidad empobrecidos posiblemente aplastarán, de manera
definitiva, la riqueza y el vigor que aún persisten en aquella otra
cultura, hoy despreciada por su tendencia a criar “terroristas”.
En lo que concierne a nuestro propio proceso político, el que hoy
vivimos en Venezuela, creo que su análisis ameritaría un examen
más detenido que el que aquí podemos ofrecer en vista de las
limitaciones de tiempo y espacio. Adelantemos, sin embargo, lo siguiente:
existen razones para pensar que la Revolución Bolivariana, aunque
no escapa a la enfermedad que aquí hemos descrito (de hecho, manifiesta
en su seno una serie de síntomas característicos de ella),
simultáneamente parece llamada a reaccionar y oponerse a dicha enfermedad.
El que fracase o tenga éxito en dicha misión dependerá
poderosamente de la conciencia que la revolución pueda adquirir en
torno a sí misma. ¿Será capaz la Revolución Bolivariana
de reflexionar a fondo sobre su propio sentido?
Esta es una pregunta que sólo el tiempo podrá responder.
Pero, ¿podemos, simplemente, inventarnos una concepción nueva?
¿rehacer nuestra ciencia, tecnología, prácticas y oficios
particulares sobre una concepción distinta?
Así que estamos montados en un tren que va al despeñadero y
no sabemos cómo bajarnos (lo primero es cobrar conciencia sobre dónde
estamos). Por medio de la acción de Estados Unidos, lo que se da no
es la expansión del fascismo, sino la expansión de ese tren
que va al despeñadero: la expansión de free market and democracy
que no son lo uno ni lo otro, sino la anti-cultura. ¿Y la Revolución
Bolivariana qué cosa es en este marco?
Emotividad = emotivismo.
Hay una creciente confusión con respecto a la identidad ideológica
de cada uno de los actores.
Los más afectados parecen ser los más educados (caso Venezuela).
Democracia y mercado, ¿cómo puede haber tales cosas en ausencia
del Logos?